Estábamos dispuestos a enlazar de una tacada Cusco, Lima y Huaraz, pero ya sabemos que las intenciones siempre van por un costado y la realidad por otro.
Cuando hicimos el cheking en el aeropuerto de Cusco, el único peruano que hemos visto con cara de mala ostia se identificó en la mesa de facturación como agente de policía y que tenía un problema con el pasaporte de Antonio. La disculpa para meterlo en las oficinas del interior del aeropuerto fue que el documento era "demasiado nuevo" y debía hacer algunas comprobaciones.
Antonio entró sólo a las dependencias y no pudimos ver la escena, pero la cara de nuestro amiguito cuando salió era un poema. Le habían echo un interrogatorio en toda regla de aproximadamente media hora. Lo tragicómico fue cuando le hicieron sacar todo lo que llevaba en la mochila. En el momento en el que Anto sacó el magnesio que tenía para escalar los ojos del poli salieron de sus órbitas, inmediatamente se volvió a identificar como agente antidroga, le quitó la bolsa e hizo la prueba de la cocaína, y por más que Antonio le decía que era carbonato de magnesio (MgCO3 para los que fueron empollones en formulación) el susodicho agente imaginaba que había ejecutado la captura del siglo en Cusco, probablemente pensó que había trincado a uno de los miembros de la familia "Escobar" y en su imaginación estaba viendo como le ponían los galones del ascenso a sargento a través del canal nacional "Tele Perú".
Cuando el aparatito le dió negativo en droga le cambió la cara, la decepción sobre la posible captura del "Cartel Canario" fue evidente, y mientras Antonio volvía a colocar todo en su mochila el colega jugueteaba con el móvil diciéndole frases anodinas como . . . "que móvil más moderno", "¿es el último modelo?", en definitiva, ahora nos reímos pero la situación fue bastante tensa. Lo gracioso es que al pasar el siguiente control en la zona de acceso al embarque volvieron a parar a Anto y de nuevo vaciar su mochila. Esto sólo parece un inconveniente pasajero, pero tras llegar a Lima, pasar 8 horas en el bus-cama, llegar a Huaraz y sentir el frío clásico de las zonas de montaña, nos dimos cuenta que en ese trajín de controles el plumífero había desaparecido.
Así que nuestra llegada a la montaña estuvo marcada por el cabreo de la desaparición del pluma y las continuas visitas a la comisaría local para denunciar el extravío e intentar recuperarlo. Tanto es así que nos aprendimos de memoria la frase del Jefe local que cuando llamaba a Cusco decía en un tono que hasta Bruce Willies envidiaría. . . ". . . eehh . . . hola hermano, le habla aquí el Técnico Manrique de la décimo tercera de aquí . . . de Huaraz, sabes algo de una casaca pluma que le han perdido a un español en un registro del aeropuerto de Cusco". Dentro de todo era gracioso escuchar como repetía todos los inicios de llamada de esta manera. Después de varios intentos nos invitó a que dejáramos el tema en sus manos y volviéramos en la tarde para darnos nueva información.
Al regresar por la tarde también nos sorprendió la forma en la que finiquitó el tema, ". . . estooo, hermano, . . . se cortó la comunicación con Cusco". Y aquí finalizaron nuestras esperanzas de recuperar tan necesaria prenda.
Cambiamos el chip, y después de una cerveza para celebrar la derrota (estando por acá hemos aprendido a celebrar todo), hicimos todas las gestiones para salir a primera hora del día siguiente al refugio de montaña del Hatun Machay con el fin de hacerle un "pegue" a las vías de escalada de la zona.
Atacamos nuestra vía, un "quinto +" situado a 4.200 m. A Heri y a Mollo no se les olvidará nunca su record de escalada en altura, y el nombre de dicha vía se quedará para siempre grabado en nuestra memoria "Luzmilla need poronga". Sencillamente emocionante, sobre todo porque tras rapelar tuvimos la sensación de que habíamos encadenado un "6c" picando a "7a".



Todo el esfuerzo desplegado requería de una carga energética importante, así que qué mejor lugar para hacerlo que en este paraje.

Llegó el final del día, el sol empezaba a desaparecer y la altura se notaba en el descenso de la temperatura. Después de la despedida a los guardas del refugio, la espera del bus pirata nos regaló una última imagen que quedaría grabada en nuestra retina tras una inolvidable jornada de escalada tan singular . . .



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