Por fin nos lanzamos a la aventura Inca. Sólo la idea de ver este mítico lugar nos ayudaba a superar otra noche infernal en el bus-cama. Llegamos desclavados al aeropuerto de Lima, era temprano y el sueño tremendo, menos mal que el embarque hacia Cusco era inmediato. El vuelo fue corto, más o menos una hora, pero nada más llegar se respiraba un ambiente guirilón que tiraba pa’trás. Millones de cusqueños te ofrecían actividades, guaguas, boletos para entrar a la montaña, dispensadores de oxígeno, desplazamientos en bus piratas, bueno, . . . una locura a más de 3.200 metros de altura del taponazo.
Nosotros salimos directos a nuestro hostal, aunque no sin nuestra típica negociación con el taxista de turno, que fue tan sincero en el precio pactado que lo contratamos para que nos hiciera el tour clásico de las ruinas incas que se encuentran en los alrededores de la ciudad.
Posteriormente llegó “Julio Villafuertes”, nuestro particular taxista pirata de unos 65 años, que mientras nos conducía a las diferentes ruinas nos amenizaba con expresiones y comentarios en la lengua indígena “quechua”, a la par que nos animaba a tomar “maca”, una especie de estimulante que superaba la clásica combinación europea de viagra, Red Bull y café, y que además aseguraba que tenía locamente enamorada a su joven mujer de 29 añitos. Evidentemente no nos atrevimos, no somos tan “extrem”, ya que tras varias horas de ruta nos dimos cuenta que no parábamos de reír y decir chorradas. La mezcla de coca, soroche y la altitud, junto a los tremendos escalones que había que subir y bajar en cada lugar visitado nos tenían medio colocados.
Sacsayhuaman, Q'enqo, Tambomachay y Pukakara nos impresionaron hasta tal punto que creíamos que el propio Machu Picchu no lo superaría.
Estábamos tan a gusto que decidimos invitar a Julio a comer, siempre que cumpliera la condición de llevarnos a un sitio “local”.
Nuestro taxista quechua se lo curró y nos llevó a una especia de fonda de una familia indígena que nos volvió a sorprender, . . . la amabilidad de la señora, su forma de hablar, su pequeña hija, y, sobre todo, la comida típica que nos ofreció, a base de “chancho” estofado, yuca y papa sancochada, nos tocó la fibra.
La mezcla de ruinas, simbología Inca, vestimenta tradicional andina, su gente curtida por el duro trabajo diario y las inseparables "Llamas", le daba a todo el recorrido un toque emocional y mágico.
El día había sido largo y el mate excesivo, así que esa noche, después de la cena, caímos como angelitos incas. Al día siguiente salíamos a las 05:00 hacia la estación de tren, en Poroy, para recalar en Aguas Calientes, que es el pueblo desde el que se asciende hacia la mítica montaña.
Continuará . . .
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